Europa

Día 5: Sevilla por Míriam

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Ese sábado prometía ser intenso. Para empezar, desayunamos en el bar cafetería al lado del hotel, con un vale que nos dieron en el mismo hotel (pagando, eso sí) para desayunar. El plan para la mañana era visitar los Reales Alcázares de Sevilla. De camino paseamos por el barrio de Santa Cruz, uno de los lugares que recordaba de mi anterior visita por su encanto. Es otro de esos barrios por el que da gusto perderse, entre las casas blancas y de un color que recuerda al azafrán, como la tierra de Sevilla.

Los Reales Alcázares en Sevilla

Finalmente llegamos a la puerta de entrada a los Alcázares. De nuevo me quedé boquiabierta con la arquitectura islámica y mudéjar. La bóveda del Salón de los Embajadores es preciosa, la decoración de los arcos con motivos geométricos y florales, el Patio de las Doncellas… También me gustaron mucho los azulejos que decoraban algunas salas. Precisamente encontramos una pequeña sala donde había una exposición de azulejos de varios estilos. En otra sala pudimos ver una colección privada de abanicos de diferentes épocas y lugares del mundo. Y entonces encontramos unas escaleras escondidas y, sin saberlo, llegamos al primer piso. Nuestra entrada no valía para visitar el primer piso, así que, sin querer, nos colamos. Pudimos ver la Sala de los Tapices, donde se pueden ver varios tapices, uno de los cuales muestra el Mediterráneo visto desde el norte.

Jardines de los Reales Alcázares

Después ya salimos a pasear por los jardines, llenos de naranjos bien cargados que desprendían un aroma especial. Primero entramos en el pequeño laberinto y fue divertido perderse entre sus setos. A continuación descansamos en uno de los bancos de los jardines. No hacía sol, pero la temperatura y el ambiente era muy agradable, así que nos quedamos allí un ratito. Pero pronto llegó la hora de quedar con mis amigos, así que volvimos tranquilamente pasando por la Galería del Grutesco, desde donde hay una bonita perspectiva de los Jardines y el Alcázar.

Tapices en los RR AA

Al salir vimos brevemente el Baño de Doña María de Padilla, que queda un poco escondido porqué es subterráneo. A la 1 y media quedamos con Carmelo y Mariló en la Plaza de la Encarnación. Allí se pueden observar unas obras muy polémicas en Sevilla, que corresponden a la construcción del Metropol Parasol, conocido popularmente como «las setas» por su forma, que rompe totalmente con la estética de esa zona de la ciudad.

Como ya teníamos hambre, empezamos nuestra ruta de tapeo, que prometía mucho! De camino al primer bar pasamos por las calles donde se encuentran los trajes de flamenca. Esas tiendas no son para turistas, si no que son donde las sevillanas compran sus trajes para la Feria, y la verdad… ¡es que se ven de nivel! Hay trajes de corte tradicional y otros más innovadores. Cada año cambia la moda, ¡y hay que tenerlo en cuenta!


El primer local que visitamos fue El Rinconcito. Estaba abarrotado, pero mis amigos enseguida encontraron un «rinconcito» en la barra donde pedir las primeras tapas. El Rinconcito es uno de esos bares donde los camareros hacen las cuentas en la misma barra de madera con tiza. ¡Son unos cracks a la hora de recordarlo todo y hacer las sumas! Nos tomamos una tapa de espinacas y garbanzos buenísima (especialidad de la casa), unos pavías (bacalao empanado) y tortilla. ¡Empezamos muy bien! No nos quedamos mucho rato, porque había que seguir con la ruta. De camino, pasamos por una plaza donde se podía ver un montón de gente con su cervecita. ¡Había mucho ambiente!

Ambiente en las calles de Sevilla

Espinacas con garbanzos de el Rinconcito

El segundo lugar fue seguramente el más pintoresco, pues se trata de una chacinería llamada Casa Moreno donde sirven montaditos en una especie de rebotica. Aquí sí que ya pensamos que no podríamos entrar ni en broma, pero gracias a la pericia de mis amigos logramos encontrar un palmo cuadrado en la barra donde nos pudieran servir. ¡Yo me tomé un montadito de palometa con cabrales espectacular! Las paredes del local estaban abarrotadas con fotos de toreros y vírgenes, entre otros, y los vinos y licores llenaban las estanterías. ¡Fue difícil entrar, pero todavía más lo fue salir!

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